Dori es paciente del Servicio de NeuroRehabilitación y ha querido compartir cómo es el trabajo con sus emociones tras sufrir daño cerebral por una encefalitis, sobre todo la apatía

Tengo 45 años y hace tres años y medio sufrí una encefalitis vírica. A mi salida del hospital todo era confuso, no recordaba lo que me había ocurrido, ni mi ingreso, ni la estancia en el hospital. Tampoco recordaba mis vivencias de años atrás.

Al llegar a casa no recordaba cómo había sido mi vida con mi marido y mis hijos. Me encontraba fuera de lugar, sin fuerza, con ganas de dormir todo el tiempo, demasiado floja. Llegué a perder casi diez kilos de peso en el mes que estuve ingresada, pero la vida en mi casa seguía.

Cuando salía de casa, la gente me saludaba por la calle y no era capaz de ubicarla en mi vida. No sabía manejarme en mi entorno y tenía miedo de salir a la calle.

Sentía que me habían dado una vida que yo no había elegido

Mi enfermedad cambió mi personalidad, borró mis recuerdos y me hizo más desinteresada por mi entorno

Cuando me derivaron al Centro de Daño Cerebral Nisa Vinalopó, empecé a trabajar mis emociones y recuerdos y a pesar de que a día de hoy sigo trabajando esto, persisten mis problemas para adaptarme a mi familia y amigos por mi cambio de personalidad.

Como ya he comentado, no recuerdo cómo era mi vida antes ni tampoco mi personalidad. Pero, aquellos que me conocen dicen que era una persona muy empática, protectora y cariñosa. Sin embargo, ahora soy más impulsiva y precipitada cuando digo las cosas. Además, mis expresiones faciales en muchas ocasiones no están ajustadas a mi tono de voz y la mayoría de las veces digo lo que pienso sin tener en cuenta cómo puede afectar a las personas que me rodean. Ésta actitud me trae problemas y enfrentamientos de manera continua con mi entorno, pero lo que más me molesta es que muchos no entienden por qué soy así ahora y tampoco muestran interés en conocer el por qué de mi cambio.

A parte de éstas alteraciones que he mencionado, hay una de la que os quiero hablar en particular, la conocí a través de unos talleres donde participo en el tratamiento, descubrí que alguien había escrito en el blog, un artículo que hablaba sobre apatía y me hizo sentir identificada al ver que esta palabra definía muchas de mis emociones. Fue en ese momento cuando conocí a la que hasta el día de hoy es mi amiga, APATIA.

Esa amiga que no te ayuda, sino todo lo contrario, es ese pequeño demonio que se pone en tu hombro y te susurra al oído con esa dulce vocecita cosas como…“no te levantes, cinco minutos más”, “mañana planchas”, “luego te duchas”, “¿ahora te vas a maquillar? Sabes que luego tienes que desmaquillarte”. Y sin darte cuenta te deja fuera de lugar, te aleja de tu entorno y te dificulta levantarte cada día para seguir adelante.

Al principio la confundes con pereza o con poco interés por tu entorno e incluso con depresión, pero está claro que esa querida amiga, APATÍA, te está jugando una mala pasada y te hace perder el control de tu vida. Y solo tienes ganas de estar solo. Ganas de no hacer nada. Ganas de poder soportar a los demás y de que me soporten.

El entorno más cercano (familia y amigos) te presionan para que hagas cosas ya que creen que no quieres porque se está más a gusto en casa sin hacer nada. Pero, esto me hace sentir frustrada e incomprendida, porque intento explicar mi situación pero aún así no me entienden, ellos no conocen a mi ‘’amiga’’. Otro aliciente para que los demás piensen que soy vaga o desinteresada, es que no tengo alteraciones motoras tras el daño, por lo que amigos y familiares no tan cercanos me preguntan y  me ven muy bien pero la procesión va por dentro y el vivir día a día conmigo es muy difícil.

A pesar de ello, tengo la suerte de que aquellos más allegados como mi marido y algunas amigas me muestran su apoyo e intentan motivarme pidiéndome que colabore y participe en actividades como decoración de escaparates para una tienda conocida, haciendo disfraces para carnaval y buscando manualidades, etc.

A pesar de que conozco a mi “amiga”, la convivencia con ella es muy complicada, y lo más difícil, es que mi familia y todo mi entorno entienda y acepte que no siempre puedo deshacerme de ella y que para mí es muy complicado vencerla

En realidad, mi vida tras el daño cerebral sufrido, no es nada fácil, soy una persona diferente y, sinceramente, tanto los demás como yo, esperamos que vuelva la de antes y eso, va a ser imposible, por lo que voy a tener que estar peleando con esta “nueva amiga” el resto de mi vida.

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