Las cuentas claras: mi experiencia con el cálculo y los euros desde el daño cerebral

Llorenç, mi experiencia con el cálculo y los euros desde el daño cerebral

Un día cualquiera, escudriñando noticias en la web del Servicio de NeuroRehabilitación de los Hospitales Vithas Nisa, me topé con una foto donde aparecía yo. En la imagen estoy cogiendo un producto en un supermercado, porque el texto que acompaña a la fotografía habla de  consejos acerca de las actividades de la vida diaria orientados a pacientes de daño cerebral.

Además, creo recordar que esta instantánea me la hicieron los terapeutas en un centro comercial en el tiempo que estuve rehabilitándome en el Hospital Vithas Aguas Vivas, y claro, me vinieron a la memoria épocas pasadas, cuando iba a comprar antes y también después de sufrir un ictus cerebral que cambió de repente el orden de las cosas.

Para los que decís que aborrecéis ir al supermercado, os diré sin reparos que yo me sentía como pez en el agua cuando mi madre me mandaba a hacer la compra. Debo decir que yo no programaba los productos que había de adquirir. Ella me lo apuntaba todo en un papel, pues sabía y sabe el valor del dinero -ahora lo encarga por teléfono y lo mandan a casa-, y me iba raudo y veloz con mi coche hasta el parking de Mercadona, Consum u otras tiendas para así comprarlo todo.

Obviamente, obraba en pecado, puesto que cogía algún producto por puro capricho, solo para mí, “porque tú lo vales”, como rezaba una propaganda de cosméticos muy famosa. Tras pagar, me iba tan campante a mi casa con la satisfacción del deber cumplido. Poco después, cuando me trasladé a Madrid por cuestiones laborales, también compraba en los centros comerciales o en las tiendas de barrio sin que me resultara una pereza mayúscula. Todo lo contrario, me relajaba y me sentía realizado.

Todo esto se esfumó cuando me sobrevino, sin previo aviso, un daño cerebral. No recordaba el valor de muchas cosas importantes que se habían evaporado por arte de magia: sin posibilidad de hablar, de escribir, ni de caminar y, por supuesto, todo lo que representaba el concepto matemático y el precio del dinero.

Por suerte, tras aterrizar en el Hospital Vithas Aguas Vivas a principios de marzo en 2008, inicié en rehabilitación con mis terapeutas actividades que, más adelante, iban a dar sus frutos. Los inicios fueron complicados y desconocía lo que me depararía el futuro, aunque pensé centrarme en las metas a corto plazo, poquet a poquet, como dicen los terapeutas del Servicio a todos los pacientes. Empezando por las sumas más fáciles y luego las restas, por aprender de nuevo billetes y monedas de papel y de plástico que imitaban a los auténticos euros en Terapia Ocupacional. A lo largo del tiempo hasta me sabía -más o menos- las tablas de multiplicar, yo que no soy un dechado de virtudes en la cuestión del cálculo. Lo mío era y siempre serán las letras puras y nada más.

Al inicio de la recuperación todo era nuevo para mí, aunque más adelante sentí un halo sobreprotector que inundaba todos los aspectos que me rodeaban, sin poder salir a solas por la calle. Pero poco después me concedieron una oportunidad para ver si era capaz de manejarme yo solo, sin ayuda de nadie. En Terapia Cognitiva, de la cual se encargan los neuropsicólogos, como también los terapeutas ocupacionales, nos preparaban para situaciones cotidianas que algún día pasarían a formar parte de la vida real.

Todavía recuerdo como si fuera ayer cuando empecé a encargarme de comprar el periódico y el pan los fines de semana en mi pueblo, Sueca. Al principio me acompañaba mi madre a modo de supervisión, aunque más adelante pude responsabilizarme por mí mismo. Por la mañana me iba al kiosco a recoger el diario para mi padre y, acto seguido, me encaminaba a la siguiente calle para comprar el pan –uno normal, un baguette y otro integral- y mi desayuno, un croissant, además de algún día especial. Naturalmente, tenía que practicar mi habla con los tenderos o dependientes, como si fuese una sesión de logopedia. Y era difícil cuando me devolvían el cambio, puesto que me costaba horrores descifrar oralmente el dinero, como también los números (los que más dificultad me ocasionaban eran el 13, 14, 16 y 17, y todavía me confundo con las decenas y las centenas al hablar). Al regresar a mi casa, cogía la calculadora y apuntaba el valor de los tickets de las tiendas para comprobar si estaba bien o mal. Y así pasé por lo menos un año haciendo ese entrenamiento fuera del hospital.

Más adelante, a los terapeutas se les ocurrió programar para los pacientes ejercicios prácticos de la vida diaria con escapadas a la Barraca de Aigües Vives, a un paso del hospital que también lleva su nombre. Primero comprábamos en lo que antes se denominaba una tienda de ultramarinos, un colmado en el que puedes conseguir comida, bebida y otros artículos. No sé lo que cogía cuando nos íbamos a patear este pueblo entrañable, la verdad. Debía ser una tontería, aunque sí recuerdo con nitidez visitar el punto de información turística municipal para hablar con la chica que se encargaba de las programaciones culturales y demás, lo que me permitía entablar conversación, algo recomendado para los que sufren alteraciones del lenguaje, entre los que me incluyo, y pesqué un tríptico que contenía el plano de esta localidad. Como también hicimos alguna excursión al centro comercial de Carcaixent –donde me hicieron la foto a la que me refería al principio del texto-, cerca del complejo hospitalario, para adquirir diversos artículos en el supermercado. Desde mirar cuánto cuestan los productos en las etiquetas hasta pesar la verdura y la fruta. Y lo pasábamos en grande.

Rememoro aquellos años en que estábamos inmersos en el proceso rehabilitador, con compañeros ex pacientes y terapeutas con los que continuamos nuestros lazos de amistad, y me parece que fue ayer. Ahora bien, vivir en tu propio piso era una cuestión pendiente y, sobre todo, un reto para los que hemos tenido alguna lesión cerebral. En mi caso, antes del accidente, vivía solo en mi piso de Sueca y después alquilado en un minúsculo apartamento en el centro de Madrid, pero cuando me sobrevino el ictus, hace un lustro, me vi forzado a volver con mis padres otra vez, como si fuese un niño pequeño sin que pudiera emprender mi propio camino.

Sin embargo, cuando Esther -mi pareja- y yo decidimos irnos a vivir juntos, me cambió la perspectiva de las cosas, como la planificación de la reforma del piso en el que yo residía antes del ictus, que necesitaba adaptar a mi discapacidad. ¿Qué ha ocurrido en todo este tiempo? Tras mucho ajetreo de idas y venidas para comprar desde los muebles principales hasta los accesorios más irrisorios, me he dado cuenta que todo lo que aprendí en terapia ha valido la pena: las primeras sumas y restas, o cuando me familiarizaba con los euros o iba al kiosco y al horno para pagar y contar las vueltas, o cuando nos íbamos todos juntos al súper o al centro comercial. Ahora ha cambiado la cantidad del dinero que gasto, un montante que es, claro, muy superior al que manejaba en rehabilitación. Solo mirando lo que valen los electrodomésticos que hemos comprado me ha hecho ver la importancia de ser consciente de los valores numéricos. ¡Como para no darme cuenta!

Experiencia en primera persona de Llorenç, compañero y expaciente del Servicio de NeuroRehabilitación de Hospitales Vithas.

¿Te ha gustado este artículo? Déjanos tu valoración:

1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas (3 votos, promedio: 3,33 de 5)
Cargando…

Escribe un comentario

Llamar