La Mirada de Llorenç: ¡aprenderé inglés contra el daño cerebral!

Aquí estoy, empezando un ejercicio en el que estudio los demonstrative determiners en inglés. Sí, en inglés. “Fill in the lines using this, that, these or those”, me dice. Y respondo dependiendo de si están cerca o lejos, o si solo están en singular o plural. “This is a hamburger”, “Those are cherries”,  y así hasta completar los deberes que tengo que corregir cuando vaya a clase. ¿Y por qué estoy aprendiendo inglés?

Todo lo que había practicado durante muchos años en las aulas de idiomas se evaporó cuando un ictus cerebral afectó a mi estado físico y a mi lenguaje hace ya once años. Por eso me he apuntado ahora a la escuela de adultos. Aquí ya no hago las sesiones de terapia cognitiva, ocupacional, fisioterapia o logopedia que hacía antes. Aunque bien mirado sí que se asemeja un poco a la rehabilitación que años atrás hice. Y pretendo estudiar mucho para escribir y hablar como lo hacía antes, o incluso mejor, claro que sí.

Recuerdo como si fuera ayer cuando algún paciente recibía el alta y se despedía de sus compañeros de fatigas con abrazos en las instalaciones del Servicio de NeuroRehabilitación del Hospital Vithas Aguas Vivas. Eran días raros, especiales, únicos. Habiendo superado la melancolía tras la intensa rehabilitación, el ex paciente pasaría a volcarse en otra fase distinta a la anterior. Mirad a Víctor, que se precipitó al vacío desde un segundo piso cuando estaba trabajando en una obra. Tras su etapa en el hospital, tuvo la oportunidad de entrar en un Centro de Rehabilitación e Integración Social, me parece que en Albacete. Allí aprendió un oficio nuevo, creo recordar de jardinero.

O Jesús, un joven que sufrió un accidente de moto. Después de terminar su rehabilitación, empezó a practicar diseño gráfico en el mismo centro al que fue Víctor. Así pudo retomar los estudios de grado superior para intentar labrarse un futuro en el campo de la informática. Y cómo no acordarme de Manolo, maestro de escuela, que tuvo un ictus cerebral. En los meses en que estuvimos en habitaciones contiguas en las instalaciones de Aguas Vivas, los terapeutas le animaron a que se apuntara a la Escuela Oficial de Idiomas, puesto que le atraía aprender italiano y, por supuesto, la lengua más internacional del mundo, el inglés.

Aprender inglés tuvo que esperar un poco

Yo, por mi parte, ni siquiera pensé si sería capaz de hablar un idioma que no fuese mi lengua materna, esto es, el valenciano, o también el castellano, que lo aprendí en la escuela y, naturalmente, por la absorción automática de la televisión. Estaba entonces en el arduo proceso rehabilitador. Una fase en la que intentaba reeducarme otra vez, con la ayuda de mis logopedas, a hablar y escribir tras el ictus que coartó mi lenguaje tras reducirlo a poco menos que mímica. Por eso el inglés debía esperar para más adelante.

Antes de que me sobreviniera el daño cerebral, yo completé todos los cursos de inglés en la Escuela Oficial de Idiomas cuando era un veinteañero. Entraba a las clases a primera hora de la mañana antes de iniciar la jornada laboral en el periódico Levante-EMV, en la delegación comarcal de la Ribera situada en Alzira. No creáis que saqué matrícula de honor, qué más quisiera yo. El último curso lo aprobé justito, aunque aprobé, al fin y al cabo. Para que veáis que no me lo he inventado ni es un sueño irreal, tengo el título oficial guardado en un cajón.

Después de concluir esos cursos, nunca me esforcé en perfeccionar mi expresión oral, que era la que peor llevaba. Sí, hace mucho tiempo me fui un mes al sur de Inglaterra a estudiarlo, pero no me planteé seguir avanzando otros veranos más, o pensar seriamente en ir un año al extranjero, de Erasmus o lo que fuera menester. Muchas situaciones me resultaban complicadas cuando tenía que hacer una entrevista en inglés, pongamos por caso a los veraneantes británicos o americanos en la Costa Blanca. Ellos sí que me entendían cuando les formulaba las preguntas, pero me costaba descifrar lo que me estaban contando, sobre todo los ingleses, más que los de otros países. Aún así, me defendía bastante bien, aunque eso es otro punto y aparte que no debe ahora preocuparnos.

«Cuando sufrí el derrame cerebral ‘mi inglés’ se vino abajo»

Cuando sufrí el derrame cerebral, sin poder comunicarme, sí que distinguía claramente el habla vernácula y también el castellano (bueno, si hablaban demasiado rápido no me enteraba de nada). Por el contrario, mi inglés se vino abajo por completo como si fuera un castillo de naipes. Alguna vez no me salía una palabra y lo decía en inglés, automáticamente, sin pensarlo, y al segundo ya no me acordaba. Por suerte, no estaba todo perdido.

Cuando me duchaba, ya por fin en mi propia casa, me ponía música en el aparato de MP3 y distinguía algunos sustantivos que me sonaban familiares. Incluso cantaba alguna canción porque me sabía la letra antes del ictus, aunque ahora era incapaz de comprender lo que decía. También me echaba para atrás cuando navegaba por Internet si una web estaba en inglés, antes habituado a hacerlo. Más adelante empecé a comprar en un kiosco un periódico que incluía un suplemento con unos fascículos para aprender inglés, pero los primeros días ya sabía yo que no avanzaría mucho: solo en casa, sin ayuda de nadie y sin constancia para hincar los codos, estaba abocado al fracaso más absoluto.

De vuelta a las aulas a aprender inglés

Necesitaba algún empujón para que me espabilara. Como supongo yo que no podía apuntarme otra vez a la Escuela Oficial de Idiomas por razones obvias -aparte de que no tienen sede en mi pueblo, Sueca, y debería desplazarme en autobús o en tren-, vi en septiembre, por pura casualidad, que iniciaban cursos de Formación de Personas Adultas (FPA) en un edificio del ayuntamiento. Esta escuela tiene de especial que brinda una nueva oportunidad a las personas que no acabaron los estudios académicos (ESO, Bachillerato o el selectivo para entrar a la universidad); o bien los que escogen algún curso para formarse en su carrera profesional, hasta otros que, por puro placer –creo que la mitad de la clase a la que estoy asistiendo son jubilados-, les gusta estudiar y pueden elegir desde historia, historia del arte, valenciano, filosofía, hasta informática o, por mi parte, y a eso voy, el inglés.

Habían pasado muchos años desde que no entraba a un aula que no fuese por pura y dura rehabilitación. Además, la escuela de personas adultas -que se llama FPA Miquel Rosanes, un maestro que fue director de la escuela pública de Sueca en el siglo XIX- tiene para los más perezosos el contratiempo de que se acaban muy pronto las plazas, y tienes que esperarte en la lista de espera a que algún alumno se borre y entonces entres tú. Eso me ocurrió a mí en octubre y me pusieron nada menos que en tercer curso, ahí es nada, para ver si era capaz de acordarme, aunque he de decir que no me enteraba de nada. Bueno, sí. Los sustantivos, como siempre, me resultaban familiares, pero los verbos que estaban aprendiendo eran los de futuro, y yo necesitaba comenzar desde el principio.

Por eso le comenté a mi profesora, Carmina, que me pasara al primer curso. Sí, es más fácil en comparación con el tercero, aunque si os fijáis, cuando empezamos la clase, todos los alumnos atienden a Carmina sin mayor dificultad, menos para mí, que reacciono más lento de lo habitual por mi falta de atención y por mi afasia -dificultad para hablar y escribir- a causa del daño cerebral.

El apoyo de mis compañeros para aprender inglés

El lenguaje, la sintaxis, los verbos, las preposiciones y más aspectos gramaticales son pan comido para mis compañeros. Ellos lo aprendieron en la escuela y yo, por desgracia, lo perdí todo.Pero ahora tengo que recuperarlo. También es normal que ellos ni saben qué dolencia tengo. Se fijarán que yo ando mal, con la parte derecha de mi cuerpo paralizada, pero no conocen el motivo. Aún así, cuando acabamos la clase y hablamos de camino a casa, les digo lo que sufrí, por si les interesa indagar acerca de lo que es el ictus. A todo esto, mis compañeros son excelentes personas. Me ayudan a, por ejemplo, dejarme copiar ese ejercicio en el que la profesora y los alumnos van demasiado rápido. Hasta hemos cantado “We wish you a Merry Christmas”, naturalmente en inglés. Lo hicimos delante de nuestros familiares que abarrotaban el salón de actos por el parón navideño.

Ahora pasaremos al siguiente tema, el Unit three, donde habla del vocabulary de los animales, ya sabéis, dog, cat, cow, horse, fish, bear… y un sinfín de nombres que asimilar. Mientras tanto, voy haciendo mis ejercicios con el libro de texto en inglés y, por otra parte, desde el centro tienen una web donde puedes estudiar en casa “jugando”. Aquí encuentras desde verbos que tienes que rellenar –el clásico to be-, y palabras que debes saber sobre la escuela, las profesiones, la comida o los animales para que incrementes tu vocabulario, hasta descubrir los países y nacionalidades de Europa y del Mundo entero, claro está, en inglés.

No lo dejéis para más tarde

Así que ya sabéis, si estáis pensando seriamente en aprender un idioma nuevo, o lo habíais dejado por falta de tiempo o por un contratiempo, o si tenéis en mente otra afición que os motive y que os ilusione, no lo dudéis. Empezad ya para que nuestras neuronas no se anquilosen y se conecten de nuevo. Yo, de momento, estoy impaciente por que finalice el curso. Cuando acabe viajaremos, no a Inglaterra –que ya he visitado dos veces-, sino a la verde Irlanda. Dice Carmina, de broma, que cuando aterricemos en Dublín, con que pronunciemos beer (cerveza) correctamente, será suficiente para hablar inglés. Aunque yo añadiría algo más: “I’ll have a non-alcoholic beer, please”. Y tan contento.

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